¿Alguna vez te has fijado en los muebles de una casa antigua? Hoy en día, ese conjunto de objetos configura, en realidad, un pequeño museo. Muebles y objetos que un día fueron cotidianos y que hoy pueden resultar curiosos o extraños a los que han crecido en el mundo digital.
Con el paso del tiempo, los cambios de hábitos, de consumo y con la llegada de nuevas tecnologías, algunos de estos muebles y objetos han ido desapareciendo o han quedado relegados a un papel meramente decorativo. Aun así, nos dan una imagen muy acertada del pasado: son testigos de costumbres, oficios y maneras de vivir que han quedado atrás, y explican muy bien quiénes éramos y cómo nos relacionábamos con el espacio doméstico.
Descubre con nosotros algunos objetos y piezas de mobiliario que hace décadas quedaron en el olvido, pero que hoy recordamos para conocerlas mejor.
Su peculiar forma, que consiste en una caja rectangular con tapa abatible y múltiples cajones interiores de distintos tamaños, permitía mantener la correspondencia, los útiles de escritura y documentación importante organizados. Normalmente, estos muebles pertenecían a personas con un alto poder adquisitivo o de la alta sociedad y por eso, los ejemplares solían tener acabados en pan de oro y adornos de marfil, concha u otros trabajos de taracea.
En una época en la que la comunicación escrita dependía casi por completo del correo postal, este tipo de mobiliario ayudaba a mantener el control de la administración doméstica o del pequeño negocio familiar.
Dato curioso: algunos de sus cajones, tenían accesos secretos donde los dueños de estos bargueños escondían sus informaciones más privadas.
Hoy en día, aunque se trata de una herramienta muy antigua, no nos resulta para nada desconocida. Más allá de su importancia histórica, la nostalgia que desprende la ha convertido en un objeto de colección y en un símbolo de una época en la que escribir era algo más tangible y manual.
La invención de la máquina de escribir cambió muchas cosas. Por un lado, reemplazo a los copistas y creó nuevos empleos, permitiendo que muchas mujeres entraran al mundo laboral como mecanógrafas a finales del siglo XIX y principios del XX. Por otro, le dio a los documentos administrativos y comerciales un aire más oficial y uniforme, haciendo que la comunicación profesional fuera más clara y rápida.
Aunque ahora nos parezca muy diferente de los ordenadores que usamos, todavía podemos ver huellas de la máquina de escribir en ellos, sobre todo en los teclados, que siguen la misma disposición que se usaba hace más que un siglo.
Dato curioso: el teclado QWERTY, que hoy usamos, surgió para evitar que las teclas se atascaran al escribir rápido. Se hizo separando expresamente las combinaciones de letras más frecuentes.
La arquilla o costurero era un pequeño cofre doméstico destinado a guardar los utensilios necesarios para las labores de costura. En su interior solía haber compartimentos para hilos, agujas, dedales, botones y otros pequeños accesorios utilizados para remendar o confeccionar prendas.
En muchos hogares, especialmente hasta mediados del siglo XX, la costura formaba parte de las tareas cotidianas, por lo que este objeto ocupaba un lugar habitual en salones o dormitorios.
Más allá de su función práctica, muchas arquillas estaban cuidadosamente elaboradas en madera y decoradas con marquetería, telas o pequeños herrajes metálicos. Algunas incluso incluían bandejas interiores o divisiones móviles que facilitaban la organización de los materiales. De hecho, muchos eran hechos por las propias propietarias.
Con el tiempo, y a medida que la ropa comenzó a producirse y substituirse con mayor facilidad, la práctica doméstica de coser perdió protagonismo, convirtiendo el costurero en un objeto que hoy evoca una forma de vida más pausada y artesanal.
Dato curioso: Debido a que el costurero era uno de los pocos objetos considerados “propiedad personal” de la mujer dentro del hogar, en España, también servían como “cajas de secretos”. Especialmente en casas acomodadas, las mujeres guardaban cosas personales, como cartas y joyas.
Los candeleros podían encontrarse en múltiples formas y materiales: de hierro forjado, bronce, plata o incluso madera tallada. Algunos eran sencillos y funcionales, mientras que otros eran auténticas piezas de lujo, adornados con grabados, motivos florales o detalles dorados.
Además de su función práctica, los candeleros tenían un papel decorativo importante. En comedores y salones, contribuían al ambiente y mostraban la posición social de sus dueños. Algunos modelos incluso se adaptaban a la arquitectura del hogar, como los candelabros de pared o los de mesa con brazos móviles para ajustar la luz según la necesidad.
Hoy, los candeleros han perdido su uso diario, pero siguen siendo valorados como objetos de colección. Su presencia nos recuerda la importancia de la luz y cómo, durante siglos, pequeños detalles como este marcaban la vida doméstica.
Dato curioso: se suelen confundir los términos candelero y candelabro. La pequeña diferencia se encuentra en cuántas velas soportan: mientras que los candeleros sujetan una, los candelabros tienen más brazos y pueden sostener dos o más velas.
Redescubrir estos objetos olvidados es mucho más que observar piezas decorativas: es asomarse a la vida de quienes nos precedieron para comprender sus hábitos, sus prioridades y su creatividad. Objetos como el bargueño, la máquina de escribir, la arquilla o el candelero nos hablan de un mundo en el que las cosas se hacían a mano, con tiempo y delicadeza; un mundo donde cada detalle tenía valor y la vida transcurría a otro ritmo.
En la Casa Museo Nuria Pla, este universo cobra vida: recorrer sus salas es descubrir estas historias de la mano de nuestros guías, dejar que los objetos dialoguen contigo y comprenderlos no solo como piezas del pasado, sino como testigos vivos de una forma de vivir distinta.
Con el paso del tiempo, los cambios de hábitos, de consumo y con la llegada de nuevas tecnologías, algunos de estos muebles y objetos han ido desapareciendo o han quedado relegados a un papel meramente decorativo. Aun así, nos dan una imagen muy acertada del pasado: son testigos de costumbres, oficios y maneras de vivir que han quedado atrás, y explican muy bien quiénes éramos y cómo nos relacionábamos con el espacio doméstico.
Descubre con nosotros algunos objetos y piezas de mobiliario que hace décadas quedaron en el olvido, pero que hoy recordamos para conocerlas mejor.
1. El bargueño
También conocido como “arquimesa”, escritorio o, incluso, “mueble papelera”. El bargueño fue un mueble pensado para guardar documentos y objetos de valor en un formato compacto y fácil de transportar.Su peculiar forma, que consiste en una caja rectangular con tapa abatible y múltiples cajones interiores de distintos tamaños, permitía mantener la correspondencia, los útiles de escritura y documentación importante organizados. Normalmente, estos muebles pertenecían a personas con un alto poder adquisitivo o de la alta sociedad y por eso, los ejemplares solían tener acabados en pan de oro y adornos de marfil, concha u otros trabajos de taracea.
En una época en la que la comunicación escrita dependía casi por completo del correo postal, este tipo de mobiliario ayudaba a mantener el control de la administración doméstica o del pequeño negocio familiar.
Dato curioso: algunos de sus cajones, tenían accesos secretos donde los dueños de estos bargueños escondían sus informaciones más privadas.
2. La máquina de escribir
Aunque solemos atribuir la invención de la máquina de escribir a una sola persona, lo cierto es que su origen es más complejo. El británico Henry Mill patentó en el siglo XVIII el concepto de un dispositivo capaz de imprimir letras de forma mecánica, aunque no se conserva evidencia de que llegara a construirlo. Los primeros modelos funcionales aparecieron ya en el siglo XIX, creados por los italianos Pellegrino Turri y Pietro Conti, quienes desarrollaron mecanismos que pueden considerarse los verdaderos precursores de la máquina de escribir moderna.Hoy en día, aunque se trata de una herramienta muy antigua, no nos resulta para nada desconocida. Más allá de su importancia histórica, la nostalgia que desprende la ha convertido en un objeto de colección y en un símbolo de una época en la que escribir era algo más tangible y manual.
La invención de la máquina de escribir cambió muchas cosas. Por un lado, reemplazo a los copistas y creó nuevos empleos, permitiendo que muchas mujeres entraran al mundo laboral como mecanógrafas a finales del siglo XIX y principios del XX. Por otro, le dio a los documentos administrativos y comerciales un aire más oficial y uniforme, haciendo que la comunicación profesional fuera más clara y rápida.
Aunque ahora nos parezca muy diferente de los ordenadores que usamos, todavía podemos ver huellas de la máquina de escribir en ellos, sobre todo en los teclados, que siguen la misma disposición que se usaba hace más que un siglo.
Dato curioso: el teclado QWERTY, que hoy usamos, surgió para evitar que las teclas se atascaran al escribir rápido. Se hizo separando expresamente las combinaciones de letras más frecuentes.
3. La arquilla o costurero
Aunque actualmente concebimos el costurero cómo una simple caja, a menudo reciclada, entre los siglos XVII y XIX se usaba la arquilla, un objeto un tanto distinto.La arquilla o costurero era un pequeño cofre doméstico destinado a guardar los utensilios necesarios para las labores de costura. En su interior solía haber compartimentos para hilos, agujas, dedales, botones y otros pequeños accesorios utilizados para remendar o confeccionar prendas.
En muchos hogares, especialmente hasta mediados del siglo XX, la costura formaba parte de las tareas cotidianas, por lo que este objeto ocupaba un lugar habitual en salones o dormitorios.
Más allá de su función práctica, muchas arquillas estaban cuidadosamente elaboradas en madera y decoradas con marquetería, telas o pequeños herrajes metálicos. Algunas incluso incluían bandejas interiores o divisiones móviles que facilitaban la organización de los materiales. De hecho, muchos eran hechos por las propias propietarias.
Con el tiempo, y a medida que la ropa comenzó a producirse y substituirse con mayor facilidad, la práctica doméstica de coser perdió protagonismo, convirtiendo el costurero en un objeto que hoy evoca una forma de vida más pausada y artesanal.
Dato curioso: Debido a que el costurero era uno de los pocos objetos considerados “propiedad personal” de la mujer dentro del hogar, en España, también servían como “cajas de secretos”. Especialmente en casas acomodadas, las mujeres guardaban cosas personales, como cartas y joyas.
4. Los candeleros
Antes de que la luz eléctrica iluminara los hogares, los candeleros eran objetos indispensables para la vida diaria. Su función principal era sostener velas de cera o sebo, proporcionando luz para leer, escribir, cocinar o socializar durante la noche.Los candeleros podían encontrarse en múltiples formas y materiales: de hierro forjado, bronce, plata o incluso madera tallada. Algunos eran sencillos y funcionales, mientras que otros eran auténticas piezas de lujo, adornados con grabados, motivos florales o detalles dorados.
Además de su función práctica, los candeleros tenían un papel decorativo importante. En comedores y salones, contribuían al ambiente y mostraban la posición social de sus dueños. Algunos modelos incluso se adaptaban a la arquitectura del hogar, como los candelabros de pared o los de mesa con brazos móviles para ajustar la luz según la necesidad.
Hoy, los candeleros han perdido su uso diario, pero siguen siendo valorados como objetos de colección. Su presencia nos recuerda la importancia de la luz y cómo, durante siglos, pequeños detalles como este marcaban la vida doméstica.
Dato curioso: se suelen confundir los términos candelero y candelabro. La pequeña diferencia se encuentra en cuántas velas soportan: mientras que los candeleros sujetan una, los candelabros tienen más brazos y pueden sostener dos o más velas.
Redescubrir estos objetos olvidados es mucho más que observar piezas decorativas: es asomarse a la vida de quienes nos precedieron para comprender sus hábitos, sus prioridades y su creatividad. Objetos como el bargueño, la máquina de escribir, la arquilla o el candelero nos hablan de un mundo en el que las cosas se hacían a mano, con tiempo y delicadeza; un mundo donde cada detalle tenía valor y la vida transcurría a otro ritmo.
En la Casa Museo Nuria Pla, este universo cobra vida: recorrer sus salas es descubrir estas historias de la mano de nuestros guías, dejar que los objetos dialoguen contigo y comprenderlos no solo como piezas del pasado, sino como testigos vivos de una forma de vivir distinta.
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